Ditchling en la década de 1920

martes, 28 de marzo de 2017

Sobre Educación Comercial


Hace mucho tiempo señalaba la falacia de pedir un hombre práctico. Notaba, lo que debería ser obvio, que cuando un problema es realmente malo y básico, rogar, pedir y gritar por un hombre impráctico. El hombre práctico sólo conoce a la máquina en la práctica, del mismo modo como muchos hombres pueden manejar un automotor sin poder arreglarlo y menos aún diseñarlo. Cuanto más serio es el problema, lo más probable es que se requiera algún conocimiento científico teórico; y aunque del teórico se diga que es impráctico, probablemente también sería indispensable. Lo que generalmente se quiere decir cuando se habla del hombre de negocios es de un hombre que conozca la forma particular en que nuestros negocios modernos generalmente funcionan. De ello no se sigue que tenga la imaginación suficiente para sugerir algo distinto cuando obviamente no funciona. Y (a menos que tanto me equivoque al leer los signos de la moderna transición) nos estamos acercando rápidamente a un tiempo en que todos estarán buscando a alguien que pueda sugerir algo distinto.

Me complace ver que el razonamiento que apliqué al reformista impráctico ha sido utilizado, por un hombre indudablemente práctico, para referirse al instructor impráctico. John C. Parker, un estadounidense cien por ciento, un ingeniero altamente exitoso, el agente vigoroso de una sociedad llamada como Edison —en breve, un hombre con todos los incuestionables estigmas del Hombre Común, riguroso y energético en la aplicación de la ciencia empresarial—, recientemente ha sorprendidos a sus amigos al dictar una conferencia con el nombre realmente admirable: “Se busca una Educación Impráctica”. Sólo he leído sus observaciones de manera indirecta, pero me parecen observaciones bastante excelentes. “Mi queja es que entrenar a la juventud para ganar un salario no es ninguna educación; en segundo lugar que un entrenamiento específico alejará a los jóvenes de la oportunidad de ganar una mejor vida; y tercero que no se puede lograr en la escuela.” También, “indefectiblemente preferiría una educación que lo haga capaz de felicidad y decencia aún en la pobreza, que una que lo conduzca a la riqueza a través del sacrificio de sí mismo y de su carácter”. Éstos son casi sorprendentes consejos sensibles; aunque no puedo conjeturar cómo se verán al lado de esas publicidades brillosas y extenuantes con inscripciones como “Puedes agregar diez mil dólares a tu salario” o “Este hombre triplicó sus ingresos en dos semanas”.

Pero este extraordinario asunto llamado Educación Empresarial, que ha comenzado a recibir apoyo en Inglaterra luego de haber subsistido durante bastante tiempo en los Estados Unidos, tiene otro aspecto quizá no tan fácil de explicar. Cuando digo que quiero formar al ciudadano y no al hombre de la ciudad, o el equívoco “algo en la ciudad”, quiero decir incluso más que lo que busca transmitir el Sr. Parker con su idea justa y racional de “adecuar a los estudiantes para vivir de manera más rica y más completa, y contribuir más ampliamente al bienestar del grupo social que ha pagado por su educación”. Siendo yo mismo un sobreviviente senil del viejo ideal republicano (uso el adjetivo para expresar el principio político estadounidense, no el partido político de ese país), quiero decir algo más, así como el mero disfrute social de la cultura. Quiero decir que formar a un ciudadano es formar a un crítico. El objetivo final de la educación es dar al hombre estándares abstractos y eternos a través de los cuales pueda juzgar las condiciones materiales y fugitivas. Si el ciudadano quiere ser un reformista, deberá comenzar con alguna idea que no haya surgida simplemente de la mera observación reverente de las instituciones no reformadas. Y si alguien pregunta, como tantos: “¿Cuál es el objeto de que mi hijo estudie sobre la antigua Atenas y la remota China y los gremios y monasterios medievales, y toda clase de cosas muertas o distantes, cuando quiero que sea un alto plomero científico en Pimlico?”, la respuesta será lo suficientemente obvia. “El objeto de aquello es que tenga algún punto de comparación, que no sólo impida que suponga que Pimlico cubre la superficie entera del planeta, sino también le permita, al mismo tiempo que dé crédito a las bellezas y virtudes de Pimlico, señalar que, aquí o allá, como se lo revelan experiencias alternativas, incluso Pimlico puede ocultar en algún lugar un defecto”.

Ahora bien, la molestia de toda esta noción de educación empresarial, de un entrenamiento en ciertos negocios, sea para plomero o para plutócrata, es evitar que la inteligencia sea lo suficientemente activa como para criticar propiamente a los negocios y a las empresas. Comienzan llenando al joven, no con sentido de la justicia para que pueda juzgar al mundo, sino con el sentido de un destino inevitable o una dedicación inevitable con el que tenga que aceptar este particular muy mundano aspecto del mundo. Incluso aunque sea un niño ya es un empleado bancario y acepta los principios de la banca que Joseph Finsbury ha explicado gentilmente al banquero. Incluso en la guardería ya es un actuario o un contador que tartamudea los números y los números vienen. Pero no puede criticar los principios de la banca ni entretenerse en la moda intelectual de que el mundo moderno ha sido hecho demasiado semejante al culto pitagórico de los números. Pero eso es porque jamás escuchó sobre la filosofía pitagórica, ni, de hecho, sobre ninguna otra filosofía. Nunca se le ha enseñado a pensar, sólo a contar. Vive en un frío templo de cálculos abstractos, en el cual los pilares son columnas de guarismos. Pero no tiene el sentido básico de la religión comparada (en el verdadero sentido de esa frase tan traída), por el cual podría descubrir si está en el templo correcto, o si quiera distinguir un templo de otro. Esto ya es suficientemente malo cuando estamos tratando con el sentido normal de número y cantidad, los fundamentos eternos del comercio racional y permanente, que son esencialmente tan puros y abstractos como los de Pitágoras. Pero se convierte en absurdo y peligroso a la vez cuando tratamos con meros revueltos de especulación e ilusión económica, lo que en EE.UU. y otros lugares se llaman negocios; con toda su publicidad degradante, con todo su secretismo peligroso. Comenzar la formación de un joven enseñándole a admirar estas cosas, y entonces llamar a esto Educación Empresarial, es exactamente como enseñarle a adorar a Baal y Bafomet, y entonces llamarlo Educación Religiosa. Y mucho de lo que se llama entrenamiento comercial es realmente de este tipo. Stevenson, con la asistencia de Lloyd Osbourne (él mismo americano), ofrece un esquema muy vívido y sorprendente de esto en Los Traficantes de Naufragios (The Wrecker). Su héroe estadounidense con justicia se resiente por convertirse en el hazmerreír simplemente por escribir la palabra “color” a la americana; pero agrega que sus críticos podrían haber tenido un mejor sustento de haber sabido que su padre “había pagados grandes sumas para criarlo en un casino”.

En cualquier caso, eso es lo que ocurre con la Educación Empresarial; que estrecha la mente; mientras que el objeto de la educación es ampliarla y, especialmente, hacerlo de modo que le permita a ésta criticar y condenar tal estrechez. Todos tenemos que aprender primero una visión general de la historia del hombre, de la naturaleza del hombre y (como debo agregar) de la naturaleza de Dios. Esto le permitiría considerar lo correcto y lo incorrecto en una comunidad de esclavos, del canibalismo en una comunidad caníbal o del comercio en una comunidad comercial. En cambio, si es inmediatamente iniciado en los misterios de estas instituciones en sí mismas, si es adoctrinado en la infancia para tomarlas tan seriamente como ellas se toman a sí mismas, si se convierte en un comerciante no sólo antes de convertirse en un viajero, sino incluso antes de convertirse en un ciudadano pleno en su comunidad, no será capaz de denunciar aquellas instituciones, ni siquiera mejorarlas. Tal estado jamás tendrá las ideas o la imaginación para reformarse, y el ajetreo y el corsé y la actividad económica habrán resultado en la rigidez mortal de un fósil.

G.K. Chesterton, “On Business Education“, All is Grist: A book of essays (1931), cap. IV.


lunes, 6 de marzo de 2017

La mirada de un ovejero inglés a la Norteamérica rural




James Rebanks*
Páginas de Opinión, The New York Times, 1º de marzo de 2017.

Matterdale (Inglaterra) – Soy un pequeño granjero tradicional en el norte de Inglaterra. Crío ovejas en una región montañosa, en las colinas Fells del Distrito de los Lagos. Es un sistema agropecuario que data de al menos 4500 años. Una supervivencia subrayable. Mi majada pace en una montaña junto a otras diez majadas, mediante un antiguo sistema comunal de pastos que de alguna manera ha sobrevivido los últimos dos siglos de cambios. Wordsworth lo llamó la “república perfecta de pastores”.

No es el agronegocio moderno y eficiente. Mi granja lucha por hacer el suficiente dinero para mi familia pueda vivir de ello, incluso con 900 ovejas. El precio de mis corderos está gobernado por la oferta de corderos importados desde la otra punta del mundo. Por lo que tengo un pie en algo antiguo y otro en la economía global del siglo XXI.

Menos de 3% de la gente en las economías industriales modernas son granjeros. Pero alrededor del mundo, no estoy solo: las Naciones Unidas estiman que hay más de dos mil millones de granjeros, la mayoría de ellos pequeños productores; esto es aproximadamente una de cada tres personas en el planeta.

La falta de rentabilidad de mi granja tal vez no debería preocupar a nadie más. Soy adulto y he elegido este tipo de vida. Lo elijo porque todos mis antepasados lo hicieron y porque lo amo, aunque a los demás les pueda parecer condenado.

La granja es donde yo vivo y no existe de hecho ninguna otra forma de operar mi tierra, razón por la cual no ha cambiado mucho en el último milenio o quizá más. En verdad, podría aceptar los cambios alrededor filosóficamente, incluyendo la desaparición de granjas como la mía, si los resultados fuesen un mundo y una sociedad mejores. Pero el mundo que veo evolucionar frente a mis ojos no es mejor, es peor. Mucho peor.

En la semana anterior a que en los Estados Unidos fuese electo Donald J. Trump a la presidencia, viajé por Kentucky, a través de interminables millas de granjas y pueblos pequeños. Fue mi primera visita a los Estados Unidos, para presentar mi libro. Me chocaron las señales de decadencia que vi de la Norteamérica rural.

Vi desordenadas casas de madera pudriéndose junto al camino y cercas blancas arrancadas por los vientos. Pasé por comercios clausurados en los centros de los pequeños pueblos, graneros derribados y granjas abandonadas. Las carteleras de las iglesias estaban llenas de ofrecimientos de ayuda para drogadictos y alcohólicos. Y sí, frecuentemente pasaba junto a automóviles con calcomanías de Trump en sus paragolpes y casas con banderas de apoyo a Trump en sus jardines.

La angustia económica y el apoyo a Trump no están desconectados, por supuesto. Áreas significativas de la Norteamérica rural están quebradas, en estado económico terminal, a medida que la producción de alimentos se traslada a algún otro lugar donde supuestamente se hace de manera más eficiente. En muchas áreas, nada reemplazó a las viejas industrias. Éste es un ciclo de degeneración que pone a millones de personas del lado equivocado de la historia económica.

Los economistas dicen que cuando el mundo cambia la gente se adaptará, se mudará y cambiará para encajar en este mundo nuevo. Pero por supuesto, los seres humanos reales con frecuencia no hacen eso. Se aferran a los lugares que aman y su identidad permanece atada a las cosas viejas e ineficientes que solían hacer, como ser obreros metalúrgicos o granjeros. A menudo, sus experiencias no son transferibles de ninguna forma y no tienen ningún interés en las nuevas oportunidades. Entonces esta gente queda atrás.

Me pregunto a mí mismo qué haría si no produjese ovejas o si no pudiese seguir criando ovejas. No tengo idea.

Tal vez no debería meterme en cómo los norteamericanos conducen sus negocios y lo que piensan sobre la economía. Sin duda debería volver a mi casa en las montañas aquí en Cumbria y cerrar la boca. Pero durante mi vida entera, mi propio país ha aceptado sin chistar el modelo norteamericano agropecuario y de comercialización de alimentos, mayormente pensando que era el camino del progreso y del curso natural del desarrollo económico. Como resultado, el futuro norteamericano es, por defecto, el nuestro.

Es un futuro en el cual la producción agropecuaria y de comida ha cambiado y está cambiando radicalmente—según creo, para peor. Por lo tanto veo el futuro con una mirada escéptica. Todos nos hemos convertido en tan consumidores de baratijas que damos por sentado los bajos precios de la comida y, de alguna manera, no podemos ver la conexión entre estos precios de baratija que pagamos con la incapacidad de nuestros hijos para conseguir un trabajo con sentido a un salario decente.

Nuestra demanda de comida barata está matando el “sueño americano” de millones de personas. Entre sus efectos colaterales, está creando terribles problemas de salud como la obesidad y las infecciones resistentes a los antibióticos, y está destruyendo los hábitats de los cuales depende la vida salvaje. También concentra vastas riquezas y poder en cada vez menos manos.

Tras mi viaje a la Norteamérica rural, regresé a mis ovejas y a mi vida extrañamente arcaica. Estoy rodeado de belleza, de una comunidad y de una manera vieja de hacer las cosas que ha funcionado bastante bien durante muchísimo tiempo. He regresado a casa convencido de que es tiempo de pensar con cuidado, tanto dentro como fuera de los EE.UU., acerca de la comida y la producción agropecuaria, y sobre qué clase de sistema deseamos.

El futuro que nos han vendido no funciona. Aplicar los principios de la fábrica al mundo natural no funciona. Una granja es más que una empresa. La comida es más que un commodity. La tierra es más que un recurso mineral.

A pesar del creciente tamaño del problema, ningún político importante durante décadas se ha ocupado con seriedad del problema rural o de la alimentación. Con la campaña presidencial terminada y con una presidente en la Casa Blanca a quien los kentuckianos rurales ayudaron a elegir, el nuevo establishment político debería comenzar a pensar en esto cuidadosamente.

De repente, la Norteamérica rural importa. Importa para todo el mundo.

Edificio abandonado en Owsley County, Kentucky. [Mario Tama/Getty Images]


*James Rebanks es el autor del libro de memorias “The Shepherd’s Life: Modern Dispatches From an Ancient Landscape”.
[https://www.nytimes.com/2017/03/01/opinion/an-english-sheep-farmers-view-of-rural-america.html?_r=0]

martes, 5 de enero de 2016

Encontrando la libertad en tu bolsillo




Como muchos otros, encuentro algo perturbadora la reciente Conferencia sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Y, como no mucha gente, mi preocupación tiene poco o nada que ver con el cambio climático en sí mismo. Si el calentamiento global está sucediendo realmente o no, y si está sucediendo, si ello es por la contaminación generada por el hombre, es un asunto interesante y, de hecho, importante. Sin embargo, existe otro peligro que la Conferencia de la ONU destacó que sería peligroso para nosotros subestimar, esto es el peligro de un Gobierno Mundial aún en embrión que está desarrollándose ante nuestros ojos. Cuanto más poder y espacio se le da a las Naciones Unidas, o que ella se toma para sí, tanto más cerca estamos de un mundo en el que nosotros, como individuos, no tengamos libertad política.

Una de las más grandes amenazas para nuestra libertad es el problema de la progresiva centralización del poder en formas cada vez más grandes de gobierno que están cada vez más alejadas de la gente y que cada vez menos responden, en la práctica, a la voluntad de la gente. En otras palabras, poniendo el asunto en términos toscos, el mundo en el que vivimos se está haciendo progresivamente menos democrático a medida que su gobierno se hace progresivamente más grande. Así, por ejemplo, la progresiva centralización de poder en entes supranacionales, tales como la Unión Europea o las Naciones Unidas, representa una salida desde una genuina democracia hacia una tiranía globalista en la cual las masas plebeyizadas sean efectivamente menos poderosas, sin importar si tienen el derecho a votar en elecciones cada vez menos significativas.

El mismo principio se aplica mucho más cerca en la centralización progresiva del poder en manos del cada vez más grande gobierno nacional, que continuamente y habitualmente usurpa los derechos de las familias y las comunidades locales en su obsesiva y maníaca búsqueda de imponer su ideología todo terreno a todos.

Para hacer las cosas aún peor, estos gobiernos monstruosos son asistidos y alentados en su usurpación de poder por entes económicos supranacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las grandes corporaciones globales, cada una de las cuales trabaja con las instituciones políticas supranacionales para “armonizar” el mundo de una manera en que el Gran Gobierno y el Gran Negocio gobiernen el nido para su mutuo beneficio y a expensas de la libertad política de la gente ordinaria.

Frente a tal alianza nada santa de poderes megalíticos sería fácil bajar los brazos desesperados o levantar las manos para rendirse. Y aún así no hay necesidad realmente de hacerlo. Los enemigos de la libertad pueden ser poderosos pero sus amigos no son para nada débiles. En vez de bajar los brazos y levantar las manos, simplemente tenemos que empezar a ponerlos en nuestros bolsillos de modo que podamos soltar el poder que aún guardamos en nuestra billetera. Tenemos que educarnos y educar a otros para ver cada peso que gastamos de manera correcta es un voto por el tipo de mundo en el que queremos vivir, del mismo modo en que cada peso gastado de forma incorrecta es un voto por la clase de mundo en la que nos encontramos. De hecho, cada peso que gastamos es más poderoso que nuestro voto, ya que un peso nos garantiza que obtengamos aquello por lo que pagamos mientras que un voto no nos garantiza que nos den aquello por lo que votamos. En otras palabras, cada vez que metemos las manos en nuestros bolsillos estamos excavando en busca de nuestra libertad o nos estamos enterrando en nuestra tumba política, dependiendo de si gastamos como sabios o como tontos.


miércoles, 16 de julio de 2014

Producto Nacional Bruto

[Tomado del cuaderno de bitácora Firmus Et Rusticus.]



Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, el crecimiento económico, es decir, el incremento del PNB (producto nacional bruto), se convirtió en el test del buen funcionamiento económico de un país y, en cierta medida, de su virtud nacional. Se decía de un país que iba bien o mal según que la tasa de crecimiento de su PNB fuese más rápida o más lenta. A tal punto llegaban las cosas, que cuando un economista o un político se presentaban a las puertas del paraíso, san Pedro sólo les hacía una pregunta: «¿Qué habéis hecho por vuestro PNB?». [...] En realidad, la importancia del PNB ha sido más bien sobrevalorada.

¿Acaso porque es necesariamente incompleto y no puede medir más que una parte de las cosas de la vida?

En parte sí. El PNB no incluye sino aquello que puede ser cuantificado. Si yo trabajo a mi satisfacción, como debe hacerlo un profesor de Harvard, mi producción, en forma del sueldo que percibo, se contabiliza en el PNB.

Pero mi mujer, que realiza un trabajo mucho más duro ocupándose de nuestra familia y de nuestra casa, no es tomada en cuenta por el hecho de que no percibe un salario. Una buena manera de hinchar el PNB sería incluir en él el trabajo no retribuido de las mujeres. Y puesto que estamos con el sexo, existen otras singularidades. Una mujer de la vida que haga pagar sus afectos contribuye al PNB, al menos en principio. Ahora bien, una amante que ame y sea amada está excluida.

Pero tomemos un ejemplo más serio. Una ciudad bien cuidada cuyos parques sean arreglados y cuyas calles se distingan por su limpieza y seguridad puede tener una incidencia menor en el PNB que una ciudad que carezca de todas estas cualidades pero en la que la industria y el comercio sean más activos. [...]
Es evidente que no se puede cuantificar el placer de vivir en una ciudad tranquila, de pasearse por bellos jardines y calles seguras. Tampoco se puede medir el amor verdadero.

Ésta es la razón por la que no se tiene en cuenta todo esto, lo que es completamente arbitrario. Sin duda, hay muchas cosas no cuantificables que nos proporcionan una satisfacción mucho mayor que lo que puede ser medido.

¿Se aplica esto también al arte?

El arte, el amor, un marco de vida agradable, autopistas en las que el paisaje no esté desfigurado por horribles paneles publicitarios. Todas estas cosas nos proporcionan bastante placer, pero escapan al cálculo del PNB.

Se ha dicho que habría que establecer un bienestar nacional bruto más que un PNB. ¿Acaso no sería preferible dar cuenta de la calidad de vida más que de la cantidad de productos?

Algún intento se ha hecho en esta dirección, pero sin gran éxito. ¿Qué unidad de medida podría aplicarse a las satisfacciones y a los placeres de los hombres? Una de las razones por las que el PNB ha progresado poco en Gran Bretaña es que los ingleses confieren más importancia a los valores no cuantificables. Sus campos están mejor atendidos que en cualquier otro país, bastante mejor que en los Estados Unidos e incluso que en Francia. Tienen buenos servicios públicos. El trayecto de la periferia al centro está mejor organizado y es más agradable en Londres que en Nueva York. Por todo esto puede sostenerse con facilidad que el inglés medio disfruta en Londres de un PNB por cabeza inferior pero de un grado de bienestar superior al de un americano medio en Nueva York. [...] El PNB no mide la calidad de vida. Sin embargo, nos da indicaciones útiles acerca de los movimientos de la producción de bienes y servicios. Hay que utilizarlo para lo que nos sirve sin perder de vista lo que se le escapa. [...]

Marx era muy clarividente situando en Alemania el punto de partida del socialismo. Y en el plano puramente material, el desarrollo de Alemania del Este le da la razón. Según ciertas estimaciones, la renta nacional por cabeza es en este país ahora más elevada que en Gran Bretaña. Pero ya hemos visto que el PNB no es la medida del bienestar de un pueblo. En otro caso, ¿para qué serviría el muro de Berlín?”
—J.K. Galbraith, entrevistado por Nicole Salinger en Introducción a la economía, una guía para todos (o casi), 1978.
 

miércoles, 18 de junio de 2014

viernes, 6 de junio de 2014

Los juegos del hambre y la creación del capitalismo


Lo que dice este artículo a modo de reseña de un nuevo libro es importantísimo. No miren quién lo dice (es una web marxista), sino lo qué dice. Desde un punto de vista diametralmente opuesto, autores liberales dicen exactamente lo mismo (claro que justificando todo esto). Y, curiosidades de la vida, también autores más progres, como los autores de "Why nations fail" (D. Acemoglu & J. A. Robinson), que llegan a dedicar capítulos enteros a cómo el capitalismo naciente expulsó violentamente al campesinado y la población rural para volcarlos al mercado del salariado como mano de obra barata y hacinarlos en las ciudades en pocilgas inhumanas.

La Invención del Capitalismo: De cómo un campesinado autosuficiente fue arrastrado hacia la esclavitud asalariada industrial


“…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”
—Arthur Young; 1771

El conocimiento económico vulgar dice que el capitalismo es sinónimo de libertad y sociedad libre, ¿correcto? Bueno, si alguna vez sospechó que la lógica de esto no cierra, entonces le recomiendo que revise un libro intitulado La Invención del Capitalismo (The Invention of Capitalism), escrito por un economista e historiador llamado Michael Perelman, que se encuentra exiliado en Chico State, una pequeña universidad rural en California, debido a su falta de cariño hacia el mercado libre. Y Perelman ha dedicado su tiempo en el exilio para un muy buen uso, excavando en la obra y la correspondencia de Adam Smith y sus contemporáneos para escribir una historia de la creación del capitalismo que va más allá de los cuentos de hadas superficiales sobre La Riqueza de las Naciones y se dirige a las fuentes, permitiéndole leer a los primitivos capitalistas, economistas, filósofos, clérigos y estadistas en sus propias palabras. Y no son lindas…

Algo que los registros históricos dejan perfectamente en claro es que Adam Smith y sus amigos del laissez-faire eran un grupo de cripto-estatistas, que necesitaban de políticas brutales del gobierno para convertir al orgulloso campesinado inglés en una dócil fuerza de trabajo capitalista que aceptara la esclavitud asalariada.
Francis Hutcheson, de quien Adam Smith aprendió todo sobre las virtudes de la libertad natural, escribió:

“Es la principalísima intención de las leyes civiles endurecer, mediante políticas penales, las leyes de la naturaleza. … El populacho necesita ser instruido, y forzado por la ley, acerca de los mejores métodos para manejar sus asuntos y ejercitar las artes mecánicas.”

Sí, a pesar de lo que le hayan enseñado, la transición hacia la sociedad capitalista no se dio natural o tranquilamente. Verá, el campesinado inglés no estaba dispuesto a renunciar a su modo de vida rural y comunal, dejar sus tierras e ir a trabajar por salarios por debajo del nivel de subsistencia en fábricas sucias y peligrosas, levantadas por una nueva clase de ricos capitalistas terratenientes. Y tenían sus buenas razones.
Según las estimaciones del propio Adam Smith acerca de los salarios industriales de su tiempo en Escocia, un obrero debía trabajar más de tres días enteros para poder comprar un par de zapatos hechos industrialmente. Cuando podrían haber hecho sus propios zapatones tradicionales con el cuero de sus propios animales en cuestión de horas y pasar el resto del tiempo tomando cerveza. No había mucho que decidir, ¿no?

Pero para que el capitalismo funcionara, los capitalistas necesitaban de un depósito de trabajo barato y productivo. ¿Qué hacer entonces? ¡Llamar a las fuerzas del orden!

Enfrentados a un campesinado que no estaba dispuesto a desempeñar el papel de esclavo, filósofos, economistas, políticos, moralistas y grandes empresarios comenzaron a exigir la intervención del Estado. Con el tiempo, lograron que se sancionara una serie de leyes y normas designadas para empujar a los campesinos fuera de lo viejo y soltarlos en lo nuevo, destruyendo sus formas tradicionales de vida autosuficiente.

“Los actos brutales realizados con el fin de despojar a la mayoría de la población de sus medios de autosuficiencia parecen completamente ajenos a la reputación de laissez-faire de la economía política clásica”, escribe Perelman. “En realidad, el despojo de la mayoría de productores a pequeña escala y la construcción del liberalismo están íntimamente conectados; tanto que Marx, o al menos sus divulgadores, llamaron a esta expropiación de las masas ‘acumulación primitiva’.”

Perelman subraya las muy distintas políticas por medio de las cuales los campesinos eran forzados a abandonar la tierra —desde la imposición de las llamadas Leyes del Venado que prohibían a los campesinos cazar, hasta la destrucción de la productividad campesina al subdividir las tierras comunales en terrenos mínimos— pero por lejos las partes más interesantes del libro son cuando podemos leer a los colegas protocapitalistas de Adam Smith quejarse de la independencia y confort de los campesinos no permitiendo su apropiada explotación, y las formas en que se las ingeniaron para forzarlos a aceptar una forma de esclavitud asalariada.

Este panfleto, por ejemplo, captura la actitud general del grupo hacia los campesinos autosuficientes y exitosos:

“La posesión de una vaca o dos, con un cerdo y unos pocos gansos, naturalmente agradan al campesino. … Paseando su ganado, éste adquiere el hábito de la indolencia. Un cuarto, medio y, ocasionalmente, todo un día se pierden imperceptiblemente. El día laboral se hace desagradable; su aversión se incrementa con la indulgencia. Al final, la venta de un ternero o de un cerdo, logran los medios para agregar la falta de moderación a la vagancia.”

Otro panfleto agregaba:

“No puedo concebir una mayor maldición para el pueblo que ser arrojado a un terreno, donde la producción de comida y otros medios de subsistencia son, en gran medida, espontáneos, y donde el clima requiera o admita pocos cuidados en la ropa y la vivienda.”

John Bellers, un “filántropo” cuáquero y pensador económico, vio en los campesinos independientes el gran impedimento para el plan de forzar a las gentes a meterse en fábricas-prisiones en las que vivirían, trabajarían y arrojarían ganancias del 45% a sus dueños aristocráticos:

“Los bosques y las tierras de labranza comunales hacen de los pobres que están en ellos algo así como los indios, siendo un impedimento para la industria y la cría de la vagancia y la insolencia.”

Daniel Defoe, el novelista y comerciante, notaba que en la Tierras Altas escocesas “la gente tiene demasiadas provisiones. … El venado abunda y en todas las estaciones jóvenes y adultos los matan con sus armas donde los encuentran.”

Para el botánico Thomas Pennant, esta autosuficiencia estaba arruinando a la población productiva:

“Los modos de los highlanders nativos pueden resumirse en estas palabras: indolentes en un alto grado, a menos de que sean convocados a la guerra o animados por las fiestas.”

Si tener el estómago lleno y la propiedad de tierras productivas era el problema, entonces la solución pasaba por expoliar a estas muchedumbres vagas e informes, dejándolos sin tierras y haciéndolos pasar hambre.

Arthur Young, un escritor popular y pensador económico respetado por John Stuart Mill, escribió en 1771, “…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”

Sir William Temple, politico y patron de Jonathan Swift, estaba de acuerdo y sugería la creación de altos impuestos a la comida que impidieran una vida de “desidia y disipación” en las clases obreras.

Temple también recomendaba que ya desde los cuatro años los niños trabajasen en las fábricas, agregando “gracias a esto esperamos la crianza de una generación que estará tan acostumbrada al empleo constante que se les hará agradable y entretenido trabajar”. 

Pero algunos pensaban que un niño de cuatro ya era demasiado viejo. Según Perelman, “John Locke, con frecuencia recordado como un filósofo de la libertad, exigía comenzar la vida laboral a la edad de tres”. El trabajo infantil también entusiasmaba a Defoe, quien se regodeaba pensando que “los niños de cuatro o cinco años… pudiesen también ganar su propio sustento”. Pero nos estamos yendo de tema…



También David Hume, el gran humanista, creía que la pobreza y el hambre eran experiencias positivas para las clases bajas y culpaba a la “pobreza” de Francia de ser el fruto de su clima templado y suele fértil:

“Puesto que siempre se observa que, en años de escasez, aunque ésta no sea extrema, los pobres trabajan más y, en realidad, viven así mejor.”

El reverendo Joseph Townsend creía que restringir el acceso a la comida era una buena medida:

“La represión legal directa de los vagos… require demasidos problemas, violencia y ruido, … mientras que el hambre no sólo es una forma de presión pacífica, silenciosa y persistente, sino también la forma más natural para motivar la industriosidad, provocando el más poderoso esfuerzo. … El hambre, que forja los animales más fieros, les enseñará decencia y civilidad, obediencia y subyugación, a los hombres más brutales, obstinados y perversos.”

Patrick Colquhoun, un comerciante que fundó la primera “policía preventiva” para evitar que los obreros portuarios hurtaran mercaderías y se contentaran con sus míseros salarios, nos da la explicación quizá más lúcida acerca de cómo el hambre y la pobreza se correlacionan con la productividad y la creación de riqueza:

“La pobreza es el estado y la condición de la sociedad en que el individuo no puede acumular trabajo o, en otras palabras, no tiene propiedad o medios de subsistencia sino los que se derivan del ejercicio constante en la vida de la industria en sus ocupaciones diversas. Por lo tanto, la pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad, sin el cual las naciones y comunidades no podrían existir civilizadamente. Es la herencia del hombre. Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

El resumen de Colquhoun es tan explícito que merece ser repetido. Puesto que lo que fue cierto para los campesinos ingleses tal vez es cierto también para nosotros:

“La pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad …  Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

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*Yasha Levine es el editor fundador de The eXiled.




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