Ditchling en la década de 1920

miércoles, 16 de julio de 2014

Producto Nacional Bruto

[Tomado del cuaderno de bitácora Firmus Et Rusticus.]



Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, el crecimiento económico, es decir, el incremento del PNB (producto nacional bruto), se convirtió en el test del buen funcionamiento económico de un país y, en cierta medida, de su virtud nacional. Se decía de un país que iba bien o mal según que la tasa de crecimiento de su PNB fuese más rápida o más lenta. A tal punto llegaban las cosas, que cuando un economista o un político se presentaban a las puertas del paraíso, san Pedro sólo les hacía una pregunta: «¿Qué habéis hecho por vuestro PNB?». [...] En realidad, la importancia del PNB ha sido más bien sobrevalorada.

¿Acaso porque es necesariamente incompleto y no puede medir más que una parte de las cosas de la vida?

En parte sí. El PNB no incluye sino aquello que puede ser cuantificado. Si yo trabajo a mi satisfacción, como debe hacerlo un profesor de Harvard, mi producción, en forma del sueldo que percibo, se contabiliza en el PNB.

Pero mi mujer, que realiza un trabajo mucho más duro ocupándose de nuestra familia y de nuestra casa, no es tomada en cuenta por el hecho de que no percibe un salario. Una buena manera de hinchar el PNB sería incluir en él el trabajo no retribuido de las mujeres. Y puesto que estamos con el sexo, existen otras singularidades. Una mujer de la vida que haga pagar sus afectos contribuye al PNB, al menos en principio. Ahora bien, una amante que ame y sea amada está excluida.

Pero tomemos un ejemplo más serio. Una ciudad bien cuidada cuyos parques sean arreglados y cuyas calles se distingan por su limpieza y seguridad puede tener una incidencia menor en el PNB que una ciudad que carezca de todas estas cualidades pero en la que la industria y el comercio sean más activos. [...]
Es evidente que no se puede cuantificar el placer de vivir en una ciudad tranquila, de pasearse por bellos jardines y calles seguras. Tampoco se puede medir el amor verdadero.

Ésta es la razón por la que no se tiene en cuenta todo esto, lo que es completamente arbitrario. Sin duda, hay muchas cosas no cuantificables que nos proporcionan una satisfacción mucho mayor que lo que puede ser medido.

¿Se aplica esto también al arte?

El arte, el amor, un marco de vida agradable, autopistas en las que el paisaje no esté desfigurado por horribles paneles publicitarios. Todas estas cosas nos proporcionan bastante placer, pero escapan al cálculo del PNB.

Se ha dicho que habría que establecer un bienestar nacional bruto más que un PNB. ¿Acaso no sería preferible dar cuenta de la calidad de vida más que de la cantidad de productos?

Algún intento se ha hecho en esta dirección, pero sin gran éxito. ¿Qué unidad de medida podría aplicarse a las satisfacciones y a los placeres de los hombres? Una de las razones por las que el PNB ha progresado poco en Gran Bretaña es que los ingleses confieren más importancia a los valores no cuantificables. Sus campos están mejor atendidos que en cualquier otro país, bastante mejor que en los Estados Unidos e incluso que en Francia. Tienen buenos servicios públicos. El trayecto de la periferia al centro está mejor organizado y es más agradable en Londres que en Nueva York. Por todo esto puede sostenerse con facilidad que el inglés medio disfruta en Londres de un PNB por cabeza inferior pero de un grado de bienestar superior al de un americano medio en Nueva York. [...] El PNB no mide la calidad de vida. Sin embargo, nos da indicaciones útiles acerca de los movimientos de la producción de bienes y servicios. Hay que utilizarlo para lo que nos sirve sin perder de vista lo que se le escapa. [...]

Marx era muy clarividente situando en Alemania el punto de partida del socialismo. Y en el plano puramente material, el desarrollo de Alemania del Este le da la razón. Según ciertas estimaciones, la renta nacional por cabeza es en este país ahora más elevada que en Gran Bretaña. Pero ya hemos visto que el PNB no es la medida del bienestar de un pueblo. En otro caso, ¿para qué serviría el muro de Berlín?”
—J.K. Galbraith, entrevistado por Nicole Salinger en Introducción a la economía, una guía para todos (o casi), 1978.
 

viernes, 6 de junio de 2014

Los juegos del hambre y la creación del capitalismo


Lo que dice este artículo a modo de reseña de un nuevo libro es importantísimo. No miren quién lo dice (es una web marxista), sino lo qué dice. Desde un punto de vista diametralmente opuesto, autores liberales dicen exactamente lo mismo (claro que justificando todo esto). Y, curiosidades de la vida, también autores más progres, como los autores de "Why nations fail" (D. Acemoglu & J. A. Robinson), que llegan a dedicar capítulos enteros a cómo el capitalismo naciente expulsó violentamente al campesinado y la población rural para volcarlos al mercado del salariado como mano de obra barata y hacinarlos en las ciudades en pocilgas inhumanas.

La Invención del Capitalismo: De cómo un campesinado autosuficiente fue arrastrado hacia la esclavitud asalariada industrial


“…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”
—Arthur Young; 1771

El conocimiento económico vulgar dice que el capitalismo es sinónimo de libertad y sociedad libre, ¿correcto? Bueno, si alguna vez sospechó que la lógica de esto no cierra, entonces le recomiendo que revise un libro intitulado La Invención del Capitalismo (The Invention of Capitalism), escrito por un economista e historiador llamado Michael Perelman, que se encuentra exiliado en Chico State, una pequeña universidad rural en California, debido a su falta de cariño hacia el mercado libre. Y Perelman ha dedicado su tiempo en el exilio para un muy buen uso, excavando en la obra y la correspondencia de Adam Smith y sus contemporáneos para escribir una historia de la creación del capitalismo que va más allá de los cuentos de hadas superficiales sobre La Riqueza de las Naciones y se dirige a las fuentes, permitiéndole leer a los primitivos capitalistas, economistas, filósofos, clérigos y estadistas en sus propias palabras. Y no son lindas…

Algo que los registros históricos dejan perfectamente en claro es que Adam Smith y sus amigos del laissez-faire eran un grupo de cripto-estatistas, que necesitaban de políticas brutales del gobierno para convertir al orgulloso campesinado inglés en una dócil fuerza de trabajo capitalista que aceptara la esclavitud asalariada.
Francis Hutcheson, de quien Adam Smith aprendió todo sobre las virtudes de la libertad natural, escribió:

“Es la principalísima intención de las leyes civiles endurecer, mediante políticas penales, las leyes de la naturaleza. … El populacho necesita ser instruido, y forzado por la ley, acerca de los mejores métodos para manejar sus asuntos y ejercitar las artes mecánicas.”

Sí, a pesar de lo que le hayan enseñado, la transición hacia la sociedad capitalista no se dio natural o tranquilamente. Verá, el campesinado inglés no estaba dispuesto a renunciar a su modo de vida rural y comunal, dejar sus tierras e ir a trabajar por salarios por debajo del nivel de subsistencia en fábricas sucias y peligrosas, levantadas por una nueva clase de ricos capitalistas terratenientes. Y tenían sus buenas razones.
Según las estimaciones del propio Adam Smith acerca de los salarios industriales de su tiempo en Escocia, un obrero debía trabajar más de tres días enteros para poder comprar un par de zapatos hechos industrialmente. Cuando podrían haber hecho sus propios zapatones tradicionales con el cuero de sus propios animales en cuestión de horas y pasar el resto del tiempo tomando cerveza. No había mucho que decidir, ¿no?

Pero para que el capitalismo funcionara, los capitalistas necesitaban de un depósito de trabajo barato y productivo. ¿Qué hacer entonces? ¡Llamar a las fuerzas del orden!

Enfrentados a un campesinado que no estaba dispuesto a desempeñar el papel de esclavo, filósofos, economistas, políticos, moralistas y grandes empresarios comenzaron a exigir la intervención del Estado. Con el tiempo, lograron que se sancionara una serie de leyes y normas designadas para empujar a los campesinos fuera de lo viejo y soltarlos en lo nuevo, destruyendo sus formas tradicionales de vida autosuficiente.

“Los actos brutales realizados con el fin de despojar a la mayoría de la población de sus medios de autosuficiencia parecen completamente ajenos a la reputación de laissez-faire de la economía política clásica”, escribe Perelman. “En realidad, el despojo de la mayoría de productores a pequeña escala y la construcción del liberalismo están íntimamente conectados; tanto que Marx, o al menos sus divulgadores, llamaron a esta expropiación de las masas ‘acumulación primitiva’.”

Perelman subraya las muy distintas políticas por medio de las cuales los campesinos eran forzados a abandonar la tierra —desde la imposición de las llamadas Leyes del Venado que prohibían a los campesinos cazar, hasta la destrucción de la productividad campesina al subdividir las tierras comunales en terrenos mínimos— pero por lejos las partes más interesantes del libro son cuando podemos leer a los colegas protocapitalistas de Adam Smith quejarse de la independencia y confort de los campesinos no permitiendo su apropiada explotación, y las formas en que se las ingeniaron para forzarlos a aceptar una forma de esclavitud asalariada.

Este panfleto, por ejemplo, captura la actitud general del grupo hacia los campesinos autosuficientes y exitosos:

“La posesión de una vaca o dos, con un cerdo y unos pocos gansos, naturalmente agradan al campesino. … Paseando su ganado, éste adquiere el hábito de la indolencia. Un cuarto, medio y, ocasionalmente, todo un día se pierden imperceptiblemente. El día laboral se hace desagradable; su aversión se incrementa con la indulgencia. Al final, la venta de un ternero o de un cerdo, logran los medios para agregar la falta de moderación a la vagancia.”

Otro panfleto agregaba:

“No puedo concebir una mayor maldición para el pueblo que ser arrojado a un terreno, donde la producción de comida y otros medios de subsistencia son, en gran medida, espontáneos, y donde el clima requiera o admita pocos cuidados en la ropa y la vivienda.”

John Bellers, un “filántropo” cuáquero y pensador económico, vio en los campesinos independientes el gran impedimento para el plan de forzar a las gentes a meterse en fábricas-prisiones en las que vivirían, trabajarían y arrojarían ganancias del 45% a sus dueños aristocráticos:

“Los bosques y las tierras de labranza comunales hacen de los pobres que están en ellos algo así como los indios, siendo un impedimento para la industria y la cría de la vagancia y la indolencia.”

Daniel Defoe, el novelista y comerciante, notaba que en la Tierras Altas escocesas “la gente tiene demasiadas provisiones. … El venado abunda y en todas las estaciones jóvenes y adultos los matan con sus armas donde los encuentran.”

Para el botánico Thomas Pennant, esta autosuficiencia estaba arruinando a la población productiva:

“Los modos de los highlanders nativos pueden resumirse en estas palabras: indolentes en un alto grado, a menos de que sean convocados a la guerra o animados por las fiestas.”

Si tener el estómago lleno y la propiedad de tierras productivas era el problema, entonces la solución pasaba por expoliar a estas muchedumbres vagas e informes, dejándolos sin tierras y haciéndolos pasar hambre.

Arthur Young, un escritor popular y pensador económico respetado por John Stuart Mill, escribió en 1771, “…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”

Sir William Temple, politico y patron de Jonathan Swift, estaba de acuerdo y sugería la creación de altos impuestos a la comida que impidieran una vida de “desidia y disipación” en las clases obreras.

Temple también recomendaba que ya desde los cuatro años los niños trabajasen en las fábricas, agregando “gracias a esto esperamos la crianza de una generación que estará tan acostumbrada al empleo constante que se les hará agradable y entretenido trabajar”. 

Pero algunos pensaban que un niño de cuatro ya era demasiado viejo. Según Perelman, “John Locke, con frecuencia recordado como un filósofo de la libertad, exigía comenzar la vida laboral a la edad de tres”. El trabajo infantil también entusiasmaba a Defoe, quien se regodeaba pensando que “los niños de cuatro o cinco años… pudiesen también ganar su propio sustento”. Pero nos estamos yendo de tema…



También David Hume, el gran humanista, creía que la pobreza y el hambre eran experiencias positivas para las clases bajas y culpaba a la “pobreza” de Francia de ser el fruto de su clima templado y suele fértil:

“Puesto que siempre se observa que, en años de escasez, aunque ésta no sea extrema, los pobres trabajan más y, en realidad, viven así mejor.”

El reverendo Joseph Townsend creía que restringir el acceso a la comida era una buena medida:

“La represión legal directa de los vagos… require demasidos problemas, violencia y ruido, … mientras que el hambre no sólo es una forma de presión pacífica, silenciosa y persistente, sino también la forma más natural para motivar la industriosidad, provocando el más poderoso esfuerzo. … El hambre, que forja los animales más fieros, les enseñará decencia y civilidad, obediencia y subyugación, a los hombres más brutales, obstinados y perversos.”

Patrick Colquhoun, un comerciante que fundó la primera “policía preventiva” para evitar que los obreros portuarios hurtaran mercaderías y se contentaran con sus míseros salarios, nos da la explicación quizá más lúcida acerca de cómo el hambre y la pobreza se correlacionan con la productividad y la creación de riqueza:

“La pobreza es el estado y la condición de la sociedad en que el individuo no puede acumular trabajo o, en otras palabras, no tiene propiedad o medios de subsistencia sino los que se derivan del ejercicio constante en la vida de la industria en sus ocupaciones diversas. Por lo tanto, la pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad, sin el cual las naciones y comunidades no podrían existir civilizadamente. Es la herencia del hombre. Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

El resumen de Colquhoun es tan explícito que merece ser repetido. Puesto que lo que fue cierto para los campesinos ingleses tal vez es cierto también para nosotros:

“La pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad …  Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

+++

*Yasha Levine es el editor fundador de The eXiled.




viernes, 14 de diciembre de 2012

De la casa al hogar


Interesantes videos en español de la Home Renaissance Foundation.

Lo que antes era intuición y tradición, hoy debe ser estudiado como una ciencia de lo doméstico.


Home Renaissance Foundation




De la Casa al Hogar





martes, 6 de noviembre de 2012

"Birra Nursia": Distributismo benedictino a la italiana


Compartimos con ustedes un simpático video inauguración y visita guiada a la planta productora de cerveza de los monjes benedictinos de Nursia (Norcia, Perugia, Umbria, Italia).




jueves, 25 de octubre de 2012

El viejo “distributismo” cobra nuevo impulso




Por David Gibson, Religion News Service, The Washington Post, 17 de octubre de 2012.

(Nueva York) ¿Puede un teólogo anglicano de Gran Bretaña revivir una teoría de justicia social católica de hace 80 años y dar solución a los problemas económicos y a la polarización política de los Estados Unidos?

Phillip Blond [foto], filósofo y pensador político, piensa que sí, y está empeñando en ello todo lo que tiene.

Blond, que ha sido asesor del primer ministro británico David Cameron, acaba de finalizar una gira de dos semanas por los Estados Unidos para publicitar su versión renovada del “distributismo”, una teoría que argumenta que el capitalismo y el gobierno están fuera de control.

En ese sentido, para los que así piensan, tanto los indignados de Wall Street como el Tea Party están en lo cierto.

“Lo que estamos generando en nuestra sociedad es un nuevo modelo de servidumbre”, declaró Blond el viernes (14 de octubre) en una conferencia que dio en la Universidad de Nueva York. “La retórica del libre mercado no ha producido mercados libres; ha producido mercados cerrados”, y el “capital social” de la nación está en decadencia, dejando detrás individuos aislados y familias fracturadas que deben depender de Washington para sobrevivir.

Con una tormenta de cuadros, Blond demostró gráficamente el quiebre de las normas sociales y de la unidad familiar —y el crecimiento del gobierno que debe encargarse de estos males— así como el mayor dominio de las corporaciones y los ricos en la economía actual.

Es el resultado de la “oscilación entre el colectivismo extremo y el individualismo extremo”, dice Blond. Ambas son manifestaciones del mismo impulso: la concentración del poder, primero en el Estado y luego también en los mercados. Y las “ortodoxias” liberal y conservadora han conducido al mismo resultado destructor de la sociedad.

O, como dijo en forma cortante, el liberalismo, tanto de izquierda como de derecha, “produjo una economía donde la gente piensa que puede aprovecharse del vecino y que todos se harán ricos”.

“Los indignados de Wall Street y el Tea Party son esencialmente expresiones diferentes de un mismo fenómeno”, dijo Blond. Ambos están enojados con la concentración del poder, pero los dos se encuentran en terreno pedregoso cuando exigen salvación a los dioses del mercado o a los del gobierno.

El distributismo, argumenta Blond, llama a una búsqueda más pequeña y local de soluciones (música para el oído de los conservadores clásicos), al mismo tiempo que deja al gobierno central ocuparse de construir la infraestructura y garantizar lo básico como la educación y el cuidado de la salud (ideas que enternecen a cualquier corazón herido).

Pocos saben que Blond ha adoptado la etiqueta de “conservador rojo”, o, lo que los americanos llamarían “derechista rojo” o, tal vez, “socialista del Tea Party”.

De hecho, el distributismo siempre ha sido algo extraño.

La idea se originó en Inglaterra en la década de 1920 con escritores profundamente católicos como G. K. Chesterton y Hilaire Belloc, que fundaron la Liga Distributista católica para desarrollar las teorías inspiradas en la encíclica Rerum Novarum de 1891 de León XIII sobre la justicia social y que desafiaba las problemas emergentes de la era industrial.

La preocupación por la enorme y deshumanizante fuerza del capitalismo y el comunismo ganó algo de peso en la Gran Depresión. Sin embargo, los que abogaban por esta teoría eran tenidos por excéntricos o directamente maniáticos, y fueron criticados como diletantes que “conducían sus automóviles para venir a discutir la abolición de las máquinas”.

Chesterton y Belloc convencía más como escritores que como economistas, y aunque su llamado a proteger a los pequeños comercios más que a las grandes cadenas podía sonar lindo, no tenían mucho que ofrecer en términos de soluciones reales.

Con el crecimiento impresionante de la economía posterior a la Segunda Guerra Mundial, dominada por las superpotencias y los mercados financieros globalizados, el distributismo se convirtió en una nota al pie y, en el peor de los casos, en el equivalente intelectual de los “aplanadores” —neo-medievalistas que propician una economía que se asemejara a la Tierra Media de J. R. R. Tolkien—.

Hasta hace muy pocos años esta teoría no hubiese obtenido demasiada atención.

Pero ahora, el distributismo se ha convertido quizá en la idea más intrigante de las que emergieron de las ruinas del colapso económico del siglo XXI, en no menor medida por el potencial que tiene de tender puentes entre los polos ideológicos que dominan el panorama político en los Estados Unidos.

Blond fue bien ponderado por David Brooks, columnista conservador de The New York Times, y por Adrianna Huffington, magnate izquierdista de los medios, y se encontró con políticos de ambos partidos durante su gira estadounidense. Fue invitado a hablar en la Universidad Católica en Washington por Stephen F. Schneck, el politólogo asesor de Obama, y en Nueva York fue incluido en una reunión a puertas cerradas con Philip K. Howard, el apóstol de las políticas públicas “de bien común” y ex asesor de Al Gore.

¿Pero puede el distributismo encontrar una audiencia dispuesta al cambio radical si apela a los defectos de ambos extremos pero niega sus remedios?

Blond es, sin complejos, un conservador con “c” minúscula. Sus teorías se inspiran en ideales religiosos, pero habla abiertamente de la centralidad de la renovación moral para restaurar la sociedad. Eso lo hace sospechoso para muchos en la izquierda. Pero existe también una vigorosa oposición desde la derecha a las críticas de Blond a los dogmas del libre mercado, sin mencionar su apertura al papel clave del gobierno en muchos sectores.

Dice Blond, por ejemplo, que se vio impresionado por la “sorprendentemente pobre” infraestructura urbana y de transportes que encontró al montar un tren desde Washington hasta Nueva York.

La infraestructura cultural y política estadounidense no es mejor, dijo Blond. Si los estadounidenses no llaman a una tregua en sus guerras culturales y terminan la “parálisis política endémica” que es causada por un sistema de controles y contrapesos, pero no por consensos, va a ser difícil lograr cualquier progreso.

Los norteamericanos, dijo, tienen que sentarse y decidir qué quieren ser como nación —y ésa es una respuesta de largo plazo que puede ser difícil de alcanzar en medio de esta crisis de corto plazo—.

“Es muy difícil ver alrededor de qué se pueden sentar los estadounidenses”, dijo al Religion News Service. “Se necesita una nueva cultura, o una nueva ‘comunalidad’ alrededor de la cual uno pueda asociarse y crear.”

“Y el problema es que no lo tienen porque están metidos en una guerra cultural. Y una vez que uno tiene una guerra cultural, lo que uno tiene es una sociedad fragmentada… lo que quiere decir que se ha convertido en una sociedad que no puede resolver problemas. Lo que es preocupante.”



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